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Las tres “E”

Alejandro Sequeira

Estas letras tienen el poder de tres fuerzas simples pero poderosas: explorar, entender y educarnos.

Explorar es volver a mirar el mundo con asombro, descubrir en los hongos un universo oculto que late bajo nuestros pies y que conecta mediante su biología y metáforas una nueva manera de pensarnos en el planeta.

Entender es detenernos a escuchar esas redes invisibles, reconocer que los hongos no solo descomponen la vida, sino que la regeneran, la entrelazan y la sostienen de maneras que recién comenzamos a comprender.

Finalmente, educarnos representa el compromiso de compartir este conocimiento, fomentando una cultura de respeto, curiosidad y conservación, para que la micología no sea solo un campo de estudio, sino también una herramienta de transformación en nuestra forma de habitar el mundo.

Vibrant orange mushrooms growing in clusters on forest floor amid fallen autumn leaves and green undergrowth, creating a striking natural display in woodland at Rio de Mouros pathway in Condeixa, Coimbra Portugal.

Un universo silencioso y fascinante

Muy buenos días desde el Jardin Japonés Punta.
Hablar de hongos es, inevitablemente, hablar del otoño en Japón: un universo
silencioso y fascinante.
Shiitake, enoki, nameko, maitake o shimeji son señales del bosque. Hablan de
humedad, de estación, de transformación y de equilibrio invisible.
La palabra shimeji (しめじ / 占地), por ejemplo, puede interpretarse como “el
hongo que se expande sobre la tierra”.
Y allí aparece una sensibilidad profundamente japonesa: nombrar algo según la
manera en que habita el mundo.
Originalmente, shimeji no hacía referencia a una única especie, sino a distintos
hongos silvestres que crecían agrupados sobre la tierra húmeda del bosque.
Pequeños racimos unidos desde la base, como diminutas comunidades
conectadas bajo la tierra.
Tal vez por eso resulta tan fascinante descubrir que, siglos después, la ciencia
comenzó a observar con asombro aquello que la naturaleza ya sabía.
En 2010, investigadores japoneses realizaron un experimento extraordinario con
un organismo similar a un hongo llamado Physarum polycephalum, un moho
mucilaginoso capaz de crear redes increíblemente eficientes.
Los científicos colocaron pequeñas fuentes de alimento representando ciudades
alrededor de Tokio. Y el organismo hizo algo inesperado.
Construyó, por sí solo, una red casi idéntica al sistema ferroviario japonés.
Sin mapas ni cálculos.
Simplemente encontrando el camino más eficiente entre conexión, energía y
supervivencia.
La naturaleza lleva millones de años resolviendo problemas que los humanos
recién empezamos a comprender.
Esa sensibilidad también vive en los jardines japoneses.
Los senderos rara vez son completamente rectos.
Las piedras parecen haber sido encontradas más que colocadas.
Los recorridos invitan a desacelerar y descubrir.
Tal vez por eso los hongos despiertan tanta fascinación.
Porque aparecen donde algo invisible ya estaba trabajando mucho antes.
Y porque nos recuerdan algo esencial:
la verdadera conexión rara vez se ve,
pero sostiene absolutamente todo.
Un abrazo,
Harumi Chinen